El pueblo maldito andaluz


Ayamonte: un pueblo maldito

Se cuenta que en Ayamonte, una de las localidades más misteriosas de la provincia de Huelva, en Andalucía, España, cabalga por las noches un jinete fantasma; que el palacio del marqués está encantado o que por las ruinas de su castillo merodean los espectros al caer la noche. Lo cierto es que en sus calles estrechas y en sus casas encaladas han tenido lugar, desde hace cientos de años, todo tipo de sucesos inexplicables.

Ayamonte es un pueblo situado al sudoeste de Huelva, cerca de la frontera portuguesa. Desde hace centenares de años ha sido escenario de desacostumbrados fenómenos que siempre han tenido en vilo a sus habitantes. Los rumores  que van más allá de las historias y leyendas parecen plasmarse en hechos reales. Por ello Ayamonte es conocido como “el pueblo maldito”. Dicen que por sus calles cabalga un jinete con una armadura medieval. No es un loco o un personaje disfrazado: se asegura que es un espectro que se pasea algunas noches por la zona alta del pueblo.

Para conocer mejor todo lo que acaece hoy en día en esa localidad, vamos a remontarnos a los principios de su enigmática historia. Según Herodoto, los lidios, un pueblo que habitaba la zona de Pérgamo, al oeste de Asia Menor, se vieron obligados a emigrar a causa de unas grandes hambrunas. Una primera expedición se hizo a la mar guiada por el rey Tirrhenos, de quien tomaron su nombre, tirrenos, conociéndose también por etruscos. Algunos se afincaron en Argos, otros en Albania y la mayoría lo hizo en Italia, donde fundaron Alba, la rival de Roma, y civilizaron el país. Un segundo grupo llegó a Egipto y, según los estudios del famoso egiptólogo W. Flinders Petrie, se establecieron en  este país, en una zona comprendida entre el río Nilo y el oasis del Fayún. La tercera oleada de emigrantes, compuesta por avezados navegantes a los que Herodoto denominó tartessos, se estableció en el sur de la Península Ibérica, junto a un río con dos desembocaduras. Un grupo de éstos se afincó en la parte más elevada de Ayamonte, en el actual barrio del Salvador, donde edificaron un poblado de casas blancas al que llamaron Aya y que dio origen a la actual ciudad.

En octubre de 1937, el erudito y prestigioso historiador Guillermo García dejó escrito lo siguiente en el Diario de Huelva: “La palabra Ayamonte está compuesta de dos sustantivos, Aya y Monte. La primera es vocablo ibérico, primitivo, tomado del caldeo, en cuya lengua, como en la hebrea y la árabe, significa monte. Los romanos tradujeron al latín la palabra Aya y la convirtieron en Montis, que expresa el mismo concepto que Aya. Terminando el uso por unir ambos vocablos, resultó el nombre actual”.

El palacio encantado

Las sombras del pasado cubrieron muchas de las hazañas de los tartessos. Sin embargo, quedan registrados para la posteridad hechos más recientes como los sucedidos en el año 1640. En esta fecha, Don Francisco Manuel Silvestre de Guzmán y Zúñiga, sexto marqués de Ayamonte, de 35 años, fue acusado de instigar una conjura separatista en Ayamonte, apoyando la secesión de Andalucía, y de entregar unos documentos que hicieron abortar la reintegración de la corona portuguesa a España.

En una fría mañana de diciembre fue leída una sentencia en la cual se condenaba al marqués de Ayamonte a “pena de muerte a cuchillo y que le sea cortada la cabeza por detrás”.

El único testigo de aquel trágico pasado sigue siendo el palacio del marqués de Ayamonte, situado en la Plaza de San Francisco, en cuya fachada, a uno y otro lado del balconaje, lleva coronas del marqués, bajo las cuales figuran los escudos. Éstos, según relatos antiguos, fueron destrozados por la plebe después del fracaso de dicho caballero.

Hoy, el palacio sirve de estudio para el pintor ayamontino Florencio Aguilera. Este hombre contó que varias veces ha podido oír pisadas y hasta ha llegado a ver una silueta humana deambular por los pasillos y salones del antiguo edificio. ”Siempre que  ocurre esto me quedo totalmente espeluznado; es como si un calambre recorriera todo mi cuerpo”, explicó.

Por su parte, la historiadora María Luisa Díaz Santos, autora del Libro Ayamonte: geografía e historia, ha recogido también numerosas leyendas y anécdotas que confirman los extraños hechos que suceden en algunas zonas de esta población.

En la parte alta de la ciudad existía un castillo del que hoy sólo quedan ruinas. En verano son muchas las parejas que van allí a pasear, pues se tiene una visión panorámica de la zona. Esos paseantes han dicho que por la noche suelen oír voces, algunas desgarradas, en aquel monte. Y no sólo eso: también pisadas de caballos y chasquidos que recuerdan una lucha entre caballeros medievales armados con sus espadas. Estos últimos ruidos parecen proceder de un pasadizo subterráneo que podría existir bajo el río Guadiana, entre las ruinas del castillo de Ayamonte y el castillo de Castro Marín, ya  en el lado portugués.

En el jardín de la Iglesia de las Angustias, situada en el centro de Ayamonte, los costaleros han visto espectros de figuras humanas vagando, cuyos pies no tocaban el suelo. Estas escalofriantes visiones no sólo  las cuentan varios de aquellos hombres que llevan a la Virgen a cuestas durante la Semana Santa, sino también otras personas que van a misa por las tardes.

Los extraños sucesos del Camposanto

En otro sector alto del pueblo, donde se ubica el cementerio, suceden asimismo hechos desacostumbrados. El camino que bordea el camposanto es la ruta usual de varios vecinos de la zona para ir hasta sus casas, quienes muchas veces han oído al pasar delante del cementerio, un ruido semejante al de varios caballos trotando. Al principio se les oye muy lejos, hasta que se van acercando más y más. De pronto, todo se queda silencioso. Otras personas han afirmado que en aquel tramo se les suele parar los coches, aunque tengan el tanque lleno de combustible y no presenten fallas mecánicas.

Se sabe en el pueblo que los muros del cementerio fueron regados con la sangre de muchos inocentes durante la Guerra Civil Española. Se cuenta el caso de un vecino del pueblo que vivió allí una terrible experiencia: un día que iba a visitar la tumba de un ser querido. Sin notar que ya era la hora de cierre del cementerio, se topó con las verjas ya cerradas. Por curiosidad se fijó en el interior del mismo, y de pronto sintió como si una extraña fuerza tirara de una cadena de la que pendía una cruz de Caravaca, arrancándola de su cuello. Un escalofrío se apoderó del mismo y dio vuelta en redondo sin recoger su joya saliendo a toda prisa en dirección a su casa. Al día siguiente, a primera hora antes de que se abriera el camposanto, se presentó al lugar para recuperar su alhaja, pero en el sitio no había rastro alguno de ella.

Un antiguo enterrador de aquel cementerio vio un atardecer a varios espectros vagando por el recinto. Varios de ellos hacían ademán de decapitar a alguien, otros llevaban cabezas cortadas sujetas por los cabellos. Sus ropajes le hicieron pensar en las épocas de la Inquisición, que en Ayamonte no fue menos cruel que en otros lugares.

La casa maldita

Una de las calles antiguas del pueblo alberga a la que todos llaman “la casa maldita”. Una señora mayor tuvo allí la visión de un ahorcado, vestido a la antigua usanza de aquellos pueblos, colgado de un árbol del corral. También  una vez, cuando era más joven, se despertó a causa de unos ruidos y vio algo que la dejó de piedra: un cuerpo de hombre con cabeza de perro. Despertó a la hermana y a la madre, pues sintió que la criatura iba a alcanzar a esta última.

Esta casa ha sido transformada ahora en un taller de tapicería y su nuevo propietario nos contó que siguen produciéndose fenómenos extraños. De hecho, en una ocasión una cruz que había colgada en la pared, amaneció boca abajo. Siendo que en la casa sólo están el nuevo dueño y su esposa y ninguno de los dos la volteó, solo queda especular cómo sucedió.

  


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